Pedagogía del Silencio
Pedagogía del silencio
Sin silencio, sin reflexión, las palabras se convierten en mera cháchara hueca
Por: ANTONIO PÉREZ ESCLARÍN
Como plantea el filósofo catalán F. Torralba, el silencio es el gran
ausente de la pedagogía. La escuela enseña a hablar, leer y escribir,
pero no enseña el valor comunicativo del silencio. Ni el niño ni el
joven están preparados para el silencio. Para ellos, el silencio es algo
insoportable, que hay que cubrir enseguida de palabras y de ruidos. Lo
identifican con el castigo. No llegan a comprender que el silencio no
consiste meramente en callarse, sino en fijar la atención en algo.
El
silencio es la cuna de la palabra auténtica. Así como la pedagogía de
la palabra resulta completamente necesaria para describir el mundo, la
pedagogía del silencio es absolutamente imprescindible para contemplar
el mundo e interiorizarlo. En cierto sentido, la pedagogía del silencio
es previa a la de la palabra. La palabra que nace del silencio es una
palabra sólida, consistente y firme. Sin silencio, sin reflexión, las
palabras se convierten en mera cháchara hueca, en retórica inflada y
vacía. Por no saber habitar el silencio, nos volvemos tan superficiales,
nos dejamos conducir por propagandas, órdenes, gritos o seducciones de
cantos de sirenas, y nuestras palabras, con demasiada frecuencia, son
falsas o expresión de emociones nocivas como el rencor, la rabia, la
ira, la envidia...
El silencio nos posibilita de contemplar
nuestra interioridad, convertirnos en espectadores de nuestras vidas,
nuestros actos, nuestros pensamientos. Al observarnos en silencio brota
con fuerza la pregunta radical "¿quién soy?", tan esencial para conducir
nuestras vida por las sendas de la profundidad y la autenticidad. A su
vez, la contemplación silenciosa del mundo exterior nos sumerge en el
misterio que se oculta en todo: un rostro, una sonrisa, una flor, una
montaña, una mariposa, un arroyo, o el firmamento cuajado de estrellas.
El
silencio permite también la contemplación nítida y transparente del
otro. Es muy diferente observar un rostro en pleno diálogo, en plena
conversación, que observarlo en silencio. La contemplación silenciosa
posibilita descubrir su extrañeza, su misterio, su radical humanidad, su
absoluta dignidad. Cuando observamos en silencio el rostro de un amigo,
del hijo o de la esposa, vemos reflejado en él el misterio mismo de la
humanidad.En Venezuela, donde estamos tan llenos de ruidos y de
gritos, y donde las palabras valen tan poco, o se usan para ofender y
separar, necesitamos una larga cura de silencio para devolverle a la
palabra su valor y su dignidad.

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